Donde no hay ningún tiempo no hay ninguna voluntad, ninguna intención, ninguna elección, ningún lugar, pues todos estos son hijos del tiempo. Paradójicamente, el abandono real a la Voluntad Divina no es solo abandonar la propia voluntad personal de uno, sino toda voluntad, y reposar en la perfección de lo que es. La única vía de acceso a este lugar de no-deseo es prestarle atención, y ver que uno jamás ha estado en ninguna otra parte. Justamente aquí a cero metros de uno mismo, en el punto medio mismo del universo de uno, está el Dios que es la quietud en el corazón de la tormenta.
«Nosotros solíamos orar: Hágase
Tu voluntad, Señor y Dios mío.
¡Y he aquí! Él no tiene ninguna voluntad:
Él es sólo quietud».
Así escribe Angelus Silesius, el Peregrino Querubínico.
LA VÍA DE UN METRO
DOUGLAS E. HARDING
Para leerlo al completo y descargártelo, visita AtivarnAshram
