Un pájaro persa llamado Rûmî


Vengo a hablaros del Vino. De un vino antiguo y nuevo que, según época y lugar, ha sido vertido en vasijas diferentes, odres, cántaras, botellas, ánforas, pero es el mismo a través del tiempo, desde China a Madrid.

Sus cosecheros, sus bodegueros, sus bebedores, compiten en cuanto a la composición y bouquet de sus caldos, discuten sobre etiquetas y denominaciones; sólo algunos, los expertos de verdad, saben que todos hablan del mismo vino, visto y gustado en luz y clima diferentes.

Este vino es especial, porque emborracha y da lucidez, porque mata y vivifica, porque adormece y despierta. Verdaderamente es el Agua de la Vida.

¿Despertar? Sí, porque hombres y mujeres estamos dormidos, soñando sueños de hacer, de sentir, de amar, de dormir, de despertar; y creyendo estos sueños muy reales. Solamente algunos pocos momentos culminantes –un amor, una tragedia, un dolor, una música, un poema– golpean la conciencia con la fuerza necesaria para descorrer por momentos este velo de Morfeo .../...

Sólo aquel vino puede despertarnos de verdad, a un lugar en que los sabores, los colores, los olores, nos asaltan con la fuerza incomparable de lo Real.

Ese Vino lo ofreció, y en qué espléndidos cantidad y aroma, un pájaro persa llamado Rûmî .../...

Y el misterio del existir, la paradoja de la llamada realidad, la ilusión de la multiplicidad, la inmersión en el Todo, o mejor, en el Uno...Todo es y somos Él que juega Consigo, el mundo el tablero, nosotros las piezas...
Soy el resplandor del alba
soy la brisa de la noche;
soy el murmullo del bosque
soy el resonar del mar.
Soy el mástil, el timón,
el piloto, la goleta,
y el bajío de coral
contra el cual ella se quiebra.
Soy el cazador de pájaros,
soy el pájaro y la trampa;
soy el marco y el espejo,
soy de la cara el reflejo.
Yo soy también el silencio
del humano pensamiento,
y soy también del humano,
el sonido del lenguaje.
Soy el lamento y las notas
de los suspiros del ney.
El habitante yo soy
de la conciencia del Hombre.
Rûmî es un humanista, un poeta, un hombre de paz, un heraldo del amor y un hombre de Dios, unificando para algunos de nosotros, occidentales quemados y revenidos de ritos anquilosados, la frescura y espontaneidad de la vivencia espiritual.
 
Como dice Mevlâna, ocurrirán muchas cosas extrañas.

¡Silencio! Pedid a Dios que os informe.

Javier Sánchez
Para leer el artículo al completo aquí

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